Endless Pink Floyd


El mundillo musical todavía se estremece, desde las decadentes élites hasta las florecientes cloacas, con la noticia de que Pink Floyd editará a finales de año un nuevo disco, el primero en estudio desde aquel ya lejano “The Division Bell” de 1994.

La impresión casi me deja sentado, exclamando un WTF! bien alto, y con un bullir de cuestiones básicas: ¿Roger Waters y David Gilmour se han reconciliado? ¿Cómo suplirán a Rick Wright? ¿Nick Mason pinta algo en todo esto? Y lo más importante ¿habrá una gira? Si obviamos la premisa de que todo el asunto huele a maniobra comercial, una estratagema sacaperras, un navajazo al sentimentalismo, carroñerismo musical etc, nos podríamos plantar con el hecho de que, en 2015, tuviéramos a los putos Pink Floyd sobre los escenarios. Mataría sin dudar a un desconocido por asistir a un concierto de estos hippi-pijos psicodélicos, convertidos en millonarios flácidos, entrados en carnes (bueno, Waters no) y complacientes. De mis palabras podría desprenderse cierta animadversión, pero creedme, nada más lejos. Mi admiración por alguno de sus álbumes tuvo temporadas casi obsesivas y creo que podría estar oyendo el “Wish you were here” en bucle hasta el final de los días, Dios mediante.

Todas estas pseudos-reflexiones viajaban veloces y estallaban en mi mente, como insectos contra un parabrisas, mientras leía el titular. Al leer la noticia al completo mis expectativas se desinflaron; sí, en octubre se va a publicar “The endless river”, un nuevo disco de Pink Floyd, pero no, no es con material nuevo, si no inédito, en base a unas sesiones de hace 20 años, paralelas a las que alumbraron el “Division”. O sea, que de Roger Waters nada, al menos en surco. ¿Y posible gira?, ni mención, ni planes, ni con Waters ni sin él. Oh fuck! En unos instantes pasé del Nirvana a un cosquilleo nervioso en el estómago que anticipaba un posible ataque de ansiedad.

“¡Que no panda el cúnico!” me dije, hice unas respiraciones, me tome una tila y recapacité sobre lo que ya sabemos: “The Endless River” parte de unas sesiones de grabación que, en 1994, transcurrieron paralelas a la grabación de Division Bell. Estas sesiones también se llamaron “the big spliff” debido al carácter ambiental de las mismas, al parecer algo entre los teclados de “Shine on you…” y el “ambient” (recordemos que en aquellos años la electrónica post-rave, en sus múltiples eclosiones, tomaba al asalto las ondas medias de medio mundo).

En estas grabaciones participaron Gilmour, Wright y Mason, la última encarnación de Pink Floyd, que también publico con anterioridad el irregular “A momentary lapse of reason” (1987). Al menos, saber que Rick Wright también participó en aquellas sesiones le da algo más de sentido al sinsentido de que aparezca algo bajo el nombre de Pink Floyd a estas alturas.

¿Qué podemos esperar, pues, de estas sesiones? Creativamente, espero más bien poco y por lo demás, que las remastericen (o las vuelvan a grabar, qué más da), que añadan unas voces por aquí, otras por allá (hay quien dice que Graham Nash y David Crosby van a colaborar, hay quien no) y, con un mínimo esfuerzo, un nuevo álbum de Pink Floyd.

¿Por qué y por qué ahora? ¿Por qué esas sesiones, que prácticamente todo el mundo conocía y nadie echaba de menos? Las respuestas están en el aire, aunque seguro que irán apareciendo, alimentando al fandom y creando una expectación que, mucho me temo, no podrá ser colmada. Ojalá me equivoque, pero el río de creatividad de Pink Floyd se agotó hace años, y este inesperado retorno se me antoja innecesario a todas luces.

Es una vieja historia que ya hemos vivido, y que volveremos a vivir de nuevo, solo que con otro nombre.

Tambien puedes leer esto, y más, en Rock and roll army.

Anuncios