“Midori la niña de las camelias” de Suehiro Maruo



Reinterpretación libre
de un estereotipo japonés y ambientada en los años 20 del pasado siglo, “Midori, la niña de las camelias” es una historia perturbadora y enfermiza que trata de los esfuerzos de una niña de doce años, que bien podría representar el último bastión de lo decente en medio de un mundo que se resquebraja en todos los sentidos, en preservar su inocencia entre la inmundicia moral de sus congéneres.  Algo así como la flor que crece entre el estiércol.

MidoriTras el abandono de su padre y la muerte de su madre a Midori no le queda otra opción que unirse a un circo ambulante. El circo está formado por seres deformes y monstruosos, al más puro estilo Tod Browning.

Su deformación no es solamente física, si no que su moralidad resulta todavía más repulsiva y terrorífica, convirtiendo el circo en un grotesco carnaval de violaciones, orgías enfermizas, extrañas desviaciones sexuales,o violencia salvaje y gratuita. Estos seres, quizás por su condición de diferente al ser una persona sin ninguna tara aparente, centran sus ansias vejatorias en Midori que, en medio de este libertinaje, sólo puede sobrevivir. Aterrorizada y angustiada, ni siquiera intenta huir, transformando esa frustración en recurrentes sueños sobre sus padres o sobre trenes a los que llama, pero que se pierden en el horizonte sin que ella pueda alcanzarlos. Estoicamente, aguanta todo el maltrato a la que es sometida. No se venga, no usa la violencia, apenas se resiste. Ella no quiere formar parte del salvaje mundo que la rodea.

La llegada de Matsamitsu, un mago enano que rápidamente se enamora de Midori, le da esperanzas de una vida mejor.

Creador de una obra maestra del terror contemporáneo como es “La sonrisa del vampiro” (un manga sobre colegiales vampiros que nada tiene que ver con “Crepúsculo”) Suehiro Maruo es uno de esos tipos tocados con la varita que otorga la capacidad de transmitir perturbación y desasosiego con su arte, que bebe de géneros como el muzan-e (representaciones de atrocidades y crueldad) y el ero-guro (erótico grotesco). Añadiendo a todo ello su trazo limpio, claro y preciso, su excelente y en ocasiones atrevida composición de página y su sentido de la narración, hacen a este hombre un rara avis en el mundo del manga, tan superpoblado de basura juvenil.

Que los japoneses son unos maestros de lo bizarro está fuera de toda duda.

Midori es sólo otro ejemplo más, y de los buenos.

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