LV contra el Terror Parte II


Martes 23 de junio.

23:45 horas.

El calor del día va remitiendo y la hora bruja se acerca.

Me encuentro, tumbado en la cama, leyendo “Darwinia” de Robert Wilson y escuchando el “Holy father, holy song, holy spirit” de Girls con mi reproductor mp3.

De repente un sonido agudo y estridente comienza a sonar. Se superpone a la música y se introduce en mis tímpanos como una melodía ignota y terrible.

Asustado, me incorporo, preguntándome de dónde viene ese sonido y, sobre todo, quién o qué lo emite. Mi mente, fugazmente, me sugiere que es un grillo. Sólo de imaginar el tamaño del grillo que puede estar causando ese estruendo, me sobrecojo y borro la idea de mi mente. Una momentánea punzada en mi estómago me recuerda, y hace presente, mi fobia a los insectos.

Aviso a Marta (nombre ficticio). Ella está en el salón viendo televisión, felizmente ignorante de la posibilidad de tener un monstruo en casa. Casualmente, ella también tiene pánico a los grillos, por lo que cierta sensación de pánico comienza a inundarnos.

El sonido proviene claramente del baño, al final del pasillo. Conforme avanzamos los pocos metros que nos separan de él, el sonido se va haciendo más ensordecedor, más penetrante, más terrorífico.

Armados solamente con nuestro coraje y un bote de Cucal, nos dirigimos hacia uno de los momentos clave de nuestras vidas. La delgada línea que nos separa de la vida y la muerte se va haciendo más tenue.

El momento de la verdad ha llegado.

Marta (nombre ficticio) enciende la luz del baño con cuidado. Observa con precaución. El terrible ser está tras la puerta.

Imagen

Mothra attack

El cuarto de baño es pequeño, y el sonido rebota en las paredes, intensificándose, haciendo eco.

Nuestros oídos sangran.

¿Qué intenta decirnos tan insistentemente? ¿Qué extraños designios lo han llevado a nuestro cuarto de baño? ¿Qué pretende entrando en casa con nocturnidad y alevosía?

Según he leído posteriormente “los grillos machos utilizan su repetitivo canto para atraer a sus potenciales parejas”.

La revelación es apocalíptica. Ahora sí que no entiendo nada. ¿Se ha convertido nuestro hogar en una casa de citas para el Reino Insectoide? ¿Ese grillo en particular, quiere acaso ampliar horizontes?.

La vida sexual de los grillos ni me interesa, ni lo hará en un futuro, puedo estar seguro de ello y afirmarlo categóricamente.

De lo que sí estoy seguro, y profundamente dispuesto, es de acabar con ese sonido lascivo, hipnótico y atroz.

Rocío al titán con el tóxico aerosol.

El sonido para de inmediato. Imagino que, a su manera, estará tosiendo, o lo que sea que hacen los grillos en estas situaciones.

Aunque su grillar ha parado, mueve sus antenas lentamente, parece querer escapar. Me mira, suplicante. Agonizante y presa de un dolor inconmensurable, sabe que va a morir. Me pide que sea rápido.

Lo rocío de nuevo, y otra vez más, y una última.

Cual simil macabro, el bote de aerosol acaba, al igual que la vida del Gamera. Con un último estertor, muere.

Marta (nombre ficticio) y yo, apesadumbrados por el patetismo de la escena vivida, y apesadumbrados por el dolor infligido al insecto, nos dirigimos cada uno a una habitación, a continuar, de ser posible, con lo que estábamos haciendo.

Esperamos ver un nuevo día habiendo olvidado nuestra crueldad, y rezando por que no caiga sobre nosotros la venganza de cientos de grillos enojados.

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