Breve relato sobre la apostasía


Apostatemos, hermanos…

Hace tiempo que quería recordar aquellos extraños días en los que decidí apostatar, así que allá va este breve relato, un tanto adornado, sobre cómo logre ejercer mi derecho a renunciar a los representantes de Dios en la Tierra.

Apostatar.

(Del lat. apostatāre).

1. intr. Negar la fe de Jesucristo recibida en el bautismo.

2. intr. Dicho de un religioso: Abandonar irregularmente la orden o instituto a que pertenece.

3. intr. Dicho de un clérigo: Prescindir habitualmente de su condición de tal, por incumplimiento de las obligaciones propias de su estado.

4. intr. Abandonar un partido para entrar en otro, o cambiar de opinión o doctrina.

Primeros pasos

Lo primero que hice, fue mandar una carta al arzobispado de Zaragoza pidiendo cita para explicar mi situación y pedir causar baja voluntaria en la religión cristiana.

El tiempo pasó, sin recibir respuesta.

Los llamé por teléfono y una secretaria con voz monocorde me dijo que no tenían constancia de mi petición. Algo molesto, decidí seguir intentándolo

Cuando se necesita información, lo mejor es googlearla y alcahuetear. Casi siempre hay alguien que ya ha pensado lo que quieres hacer y lo ha colgado en Internet, tal es el afán de aceptación de la gente del siglo XXI.

Rebusqué en diversas web y finalmente encontré una de un erudito señor con barba que explicaba detalladamente qué pasos había que seguir para conseguir una eficaz apostasía.

http://www.pepe-rodriguez.com/Cristianismo/Derechos/Apostatar_formulario.htm

O también:

http://es.wikihow.com/apostatar-de-la-Iglesia-Cat%C3%B3lica

Lo primero que había que hacer era detallar una carta exigiendo el derecho a ejercer la apostasía y enumerando las leyes que nos amparan al respecto. Con esta carta se trata de no dejar ningún resquicio legal al azar y que la Iglesia se vea obligada a aceptar tu apostasía.

Esta carta se puede mandar por burofax o si se prefiere, acercarla al Arzobispado. Si se manda en correo ordinario, no recibirás respuesta.

Pasado un tiempo recibí citación. Me emplazaban a unos meses vista a un meeting en el arzobispado. En primer lugar, se me proponía un tet-a-tet con el Arzobispo. Tendría una conversación conmigo para conocer mis motivos y posteriormente, si yo rehusaba seguir profesando la fe católica, pasaríamos a notario para mi definitiva apostasía.

Se me exigía acudir con mi partida de nacimiento.

En mi caso, era sencillo reclamarla, ya que fui bautizado cerca de la ciudad donde vivo.

El párroco

Una mañana de invierno, me acerqué hasta la iglesia del pueblo que me bautizó para pedirle al cura que me diese la partida. Sabía que a las 11 de la mañana se oficiaba misa, así que allí estaba, dispuesto a reclamar mi derecho.

Me extrañaba que la tuviesen ahí, a no ser que la guardasen en algún cuarto secreto y polvoriento, lleno de telarañas, pero ya se sabe que los caminos del señor son inescrutables

Aparqué en el solar de al lado de la iglesia, en la calle Mayor. Justo antes de entrar a la iglesia, veo que mi abuela aparece por el fondo de la calle, en dirección a misa de las 11.

Lo primero que se me ocurrió decirle fue que venía a por unos papeles que necesitaba para una vivienda de protección oficial. ¿Me creyó? Es de pensar que si, pues ese mismo fin de semana me preguntó si los había podido conseguir.

Como ya suponía,  el cura me preguntó el motivo por el cual necesitaba el certificado. Le dije que era para apostatar. Tenía 30 años, estaba en, más o menos, plenas facultades mentales y después de mucho pensarlo, había decidido dejar de ser un católico. El hombre lo entendió, aunque me recalcó que por favor lo pensase bien. En ese momento me dijo que tenía que oficiar la misa y que no me la podía dar ya que estaba en el archivo. La buscaría y me la enviaría por correo. Le pedí por favor que así lo hiciese y que no tuviese que volver otro día por el mismo motivo, ya que me había supuesto un cierto trastorno laboral.

Ya como favor especial, le dije que bajo ningún concepto lo comentase en el sermón de día, ya que mi abuela iba a presenciarlo y si se enteraba d que su nieto renegaba de Dios le daría un síncope. ¡Todavía recuerdo lo mal que le sentó que no quisiese confirmarme!

Unos 15 días después, me llego el certificado, junto con una amable carta del párroco. En ella me invitaba a comer un día para poder charlar con la tranquilidad de la que no habíamos podido disfrutar el día en que nos conocimos y así intentar convencerme amigablemente de que no abandonase la fe cristiana. La misiva, casi en el final de su contenido, lanzaba sobre mi conciencia una brutal duda:

“Que prefieres al llegar ante Dios, ¿haber seguido entre nosotros y simplemente arrepentirte por ello, o tener que rendir cuentas por habernos abandonado?”. Inquietante y terrible, pero bello por su violencia.

Ante semejante brete, decidí sonreír y guardar la carta en lugar seguro. Tan seguro, que no recuerdo dónde lo hice.

No contesté, aunque barajé la posibilidad de hacerlo, enumerando alguna de las causas por las que no quería pertenecer a la fe católica, o simplemente diciéndole que Dios, en su infinita sabiduría y bondad, podría perdonarme en ese momento crítico. ¿Cómo no va a perdonar un padre a un hijo descarriado?

El arzobispado

Tiempo después, llegó el momento de la cita en el arzobispado, ese lugar inexpugnable situado en la plaza del Pilar, justo al lado de La Seo.

Llamé al timbre de la puerta e inmediatamente sonó el zumbido que me permitía abrir sus renqueantes puertas.

Nada más franquearlas, pasé por un patio a cielo abierto con varias estatuas de corte clásico. Todas ellas mal cuidadas, rotas, con vegetación y excrementos secos de paloma cubriéndolas.

Parecía que había cambiado de época, de lugar, e incluso de dimensión

Al entrar en ese edificio algo ocurrió. El tiempo retrocedió a épocas no muy lejanas, cuando todo era más amargo. Incluso la luz era diferente, más sucia y amarillenta. El olor, a mueble viejo y rancio, con polvo acumulado tomando vida propia en los rincones oscuros. La imagen de iglesia malsana, cruel, castrante e hipócrita que algunos tenemos de la Iglesia, se respiraba por todas las grietas de las paredes de ese edificio.

Una señorita me interceptó cuando abría la puerta para abandonar el patio y me pidió que la acompañase  hasta una oficina. Una vez allí, me pidió que esperase unos minutos a que el notario nos llamase. Mientras, ella verificaría mi solicitud, mi certificado de nacimiento y fotocopiaría mi DNI.

¿Sería ella la que me atendió con voz monocorde aquella vez en la que llamé para ver si habían recibido mi solicitud de apostasía? Lo poco que había oído de su voz sonaba sin vida, pero no podía conectarla con la voz fría y electrónica que me había atendido telefónicamente.

Vestía desde el cuello hasta los tobillos de una manera anacrónica y gris, con el pelo recogido recatadamente y unas tímidas gafas de pasta. Su mirada bovina me despertaba una mezcla de asco y fascinación, al ver cómo desempeñaba con diligencia las tareas que tenía asignadas mientras esperaba pacientemente la llamada del notario.

Sonó el teléfono, ella descolgó y hubo una breve conversación. Colgó y me pidió que la acompañase al despacho del notario.

He de reconocer que fue una sorpresa para mí el hecho de pasar al notario, ya que iba preparado para una charla con el arzobispo.

Los argumentos eran los mismos que le podría haber dicho al párroco del pueblo, y aunque me sentía con ganas y fuerza para acometer un intercambio de ideales con él, sentía en mi interior una gran inquietud. Era un encuentro con el máximo representante de la iglesia en mi provincia y se me antojaba una suerte de encerrona en un cuarto lúgubre y lleno de crucifijos. Un encuentro con una persona que iba a intentar por todos los medios posibles que yo no abandonase su catequesis.

De repente, ahora se saltaban ese paso y directamente me llevaban ante el notario para formalizar legalmente la apostasía.

Me sentí ligeramente defraudado por arrebatarme el momento de poder expresar las razones por las que abandonaba, sentí que toda la energía que había reservado para aquella confrontación, se evaporaba sin haber sido utilizada. Sin embargo, a la vez sentí también cierto alivio, como si ya no tuviese que luchar contra una fuerza desconocida y poderosa que no acababa de comprender.

Tras pasar un largo pasillo que contenía, entre otros adornos, un póster en blanco y negro del valle de los Caídos, llegamos al despacho del notario

Era una sala amplia, de altos techos, con poca luz, proveniente de un ventanal semicerrado. Los muebles eran oscuros, todo era negro, gris u ocre. El olor a cerrado, a viejo, era más intenso aquí. Como si la fuente del olor, de la oscuridad y de la falta de vida hubiese estado más presente o cercana en aquella habitación.

El notario era un ser viejo, calvo, marchito y fantasioso, con una gran nariz y unos ojos pequeños escondidos detrás de unas gruesas gafas. Apenas levantaba la vista para mirarme. Me dirigió un susurrante buenos días.

Oí la puerta detrás de mí. La secretaria se había marchado, dejándome con aquel ser arrugado, anciano, que debió ser nombrado notario por el mismísimo General Franco. Sin mostrar el menor gesto de humanidad, o incluso de ser realmente un ser vivo, me indicó con un leve movimiento de la mano que tomase asiento. La silla crujió bajo mi peso.

Lentamente, y tras unos eternos segundos, comenzó a leer unos documentos que tenía sobre la mesa,  pura palabrería legal, para finalmente, ofrecérmelos cual holocausto para que los firmase. Estampé mi rúbrica con soltura y se los devolví. No me ofrecía ninguna copia, así que le pregunté al respecto. Me dijo que con el tiempo me llegaría la notificación a casa.

Después de eso, nos despedimos fríamente.

Al pasar de nuevo por la oficina, le pedí amablemente a la secretaria que me hiciese un justificante de que había estado allí y con qué menesteres, ya que en caso contrario me iba a marchar de allí sin prueba fehaciente de que había ejercido mi derecho a apostatar.

Me replicó que no era necesario, pero yo insistí, y le expliqué mis reticencias al respecto. Finalmente y un tanto a regañadientes, accedió a hacerlo.

Ya con el documento en la mano, salí del Arzobispado con la sensación de que había vivido uno de los episodios más bizarros de mi vida, con aquellos dos personajes inclasificables y atemporales. Al salir a la Plaza del Pilar, todo tomó color de nuevo y el sol brillaba tímidamente en el cielo, dando calidez a una vida que parecía haber abandonado los muros que dejaba atrás.

Desenlace y happy ending

Tiempo después, y tal como había profetizado el notario, llego la carta que certificaba mi apostasía.

Era libre

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