Anécdota con anciano


Era una de esas tardes de abril, en la que el sol ya empieza calentar lo suficiente como para estar sentado en una terraza de bar en el Paseo Calanda. Vanessa (nombre ficticio)  y yo estábamos charlando y tomando unas cervezas cuando un señor menudo y entrado en años pasó cerca de nuestra mesa. Parecía desorientado, e iba vestido con una camiseta blanca probablemente más vieja que yo, unos pantalones marrón oscuro y unos zapatos. Vanessa (nombre ficticio) me hizo notar el look retro que el hombre llevaba. Yo me giré con disimulo y vi que, aunque el hombre podía cruzar de acera debido a que no circulaban coches, no lo hacía. Estaba ahí de pie, titubeando, mirando a ambos lados. Me giré de nuevo hacia Vanessa (nombre ficticio) y seguimos nuestra conversación. No habían pasado más que unos segundos cuando este hombre se nos acercó

–         Perdonen que les interrumpa – Nos dijo, pausando palabra tras palabra.

–         No pasa nada, diga diga…- Le contesté.

–         …Duquesa Villahermosa, ¿hacia donde está?- Se refería a la avenida que cruza unas calles más arriba con el Paseo donde estábamos.

–         Siga todo recto y enseguida llegará – Le contestamos educadamente, indicando la dirección con la mano.

–         Gracias..gracias – Contestó, pero se quedó de pie a nuestro lado, con la mirada perdida.

Pensé que era un loco o un borracho. Apenas tenía dientes y los que le quedaban estaban desgastados y amarillentos. El pelo canoso, peinado hacia atrás. La cara, enjuta.

–         ¿Os puedo decir una cosa?- Dijo, dirigiéndose de nuevo hacia nosotros. Sus palabras salían lentamente de su boca, como mantequilla derritiéndose al horno.

–         Diga usted –

–         El amor… es lo más grande… – paró a mitad, emocionándose y mirando al infinito – ¿Te puedo decir una cosa? – Reanudó. Yo asentí con la cabeza

–         Tienes suerte… – dijo, señalando a Vanessa (nombre ficticio) – De tener una mujer…

Algunas cosas de las que decía no las entendía. Dejaba las frases inconexas o sin acabar. Creímos entender que Vanessa (nombre ficticio) estaba mimada en casa de sus padres o que los problemas del matrimonio se solucionaban en la cama, pero como decía todo eso con extremada tristeza no podíamos sentir otra cosa que lástima. Hubo un momento en que me cogió de la mano y luego me tocó la cara paternalmente. Sus ojos eran la viva imagen de la desolación. Le aparte á mano con educación, sin sentir nada negativo hacia el.

Entre palabra y palabra emitía algún sollozo, pero no se veía caer ninguna lágrima por sus mejillas. Yo miré un par de veces a Vanessa (sí, nombre ficticio)  haciéndole gesto para marcharnos. Ella me dijo que esperase al menos a que el anciano acabase su diatriba.

–     Voy borracho – nos dijo, y calló de nuevo, en una de esas pausas.

–         Hemos hablado de vuestra vida… ahora, hablaremos de la mía…- Comenzó de nuevo.

–         Pero es que tenemos que marcharnos- Le dijo Vanessa (…), con un tono de voz igual que si le hablase a un niño al que va a privar de alguna satisfacción.

–         Os pido respeto… por favor… – continuó el – Si hemos hablado de vuestra vida, ahora hablaremos de la mía… mi vida… ha sido una desgracia…- calló, para cerrar los ojos con fuerza y sollozar de nuevo.

Al pedirnos respeto me pareció atisbar los resquicios de lo que hacía años podría haber sido cierta autoridad, o incluso orgullo, transformado ahora en un patético lamento. Eso me entristeció definitivamente. Me dije a mi mismo que ya bastaba, lo habíamos escuchado con educación durante uno tiempo, pero aquello ya empezaba a ser molesto.  Me levanté y le dije que teníamos que marcharnos

–         Lo siento…- decía el.

–         Venga, cuídese – le dijimos, y huimos caminando sin volver la vista atrás, cobijados a la sombra cruel de nuestra indiferencia.

Quizás su vida había sido tan triste como para llevar el rostro surcado por el dolor. Debía sentirse muy solo como para acercarse a unos jóvenes y desnudar su alma.

O quizás solo era un loco borracho, una persona que se resbala entre las grietas que deja nuestra sociedad…

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