Otro futuro es posible


Sentado sobre una fría roca frente al mar, disfruto de un anochecer con colores que acogen todo el espectro de rojos, naranjas y amarillos. Lentamente saco un cigarro. Al encenderlo, el ruido que provoca la piedra del mechero casi me parece un sacrilegio. Un sonido que no pertenece a este entorno.

Doy las primeras caladas y una sensación de bienestar me invade. Allí solo, con los sonidos mínimos propios de la naturaleza. Un pájaro por aquí, un crujir de ramas por allí, el viento, el sonido tranquilizante del mar…

 

Me siento pequeño ante la naturaleza. Mis retinas no abarcan todo lo que este anochecer me ofrece. Mi cerebro no procesa el espectáculo de color que tengo enfrente de mí. Es tal la belleza que me rodea, que no puedo asimilarla. Al fondo, el mar sigue con su interminable movimiento, como un animal que respira, se mueve y se bate contra las rocas.

Pienso en que somos una casualidad genética, que estamos en este planeta de prestado mientras el nos lo permita. La Tierra es un planeta acogedor. Debido a su distancia del sol y a una atmósfera que nos protege, tiene un clima que ha permitido el desarrollo de vida basada en el carbono. Si estamos cambiando el clima con nuestra actuación, como nos dicen cada vez más vehementemente los científicos, ¿no estamos tirando piedras contra nuestro propio tejado? Nuestro impacto medioambiental está siendo mucho más elevado de lo que debería ser. Si nos hiciésemos como raza una evaluación de riesgos medioambiental resultaríamos insostenibles y muy peligrosos.

 

En el siglo XX hemos contaminado más que en el resto de nuestra historia como raza. Desde la Revolución industrial todo ha ido a peor medioambientalmente. ¿Realmente somos incapaces de convivir con nuestro hogar? Hace falta un cambio tan profundo para alcanzar una sostenibilidad, que la mayor parte de las veces en que pienso en él se me antoja imposible. ¿Qué hace falta para lograr ese cambio? Supongo que unas cuantas catástrofes naturales, unos cuantos avisos más desde las entrañas de la Tierra no servirían. Sobre todo si son tsunamis en partes recónditas del mundo. Eso al primer mundo no parece interesarnos. Nos sobrecogemos al oír la noticia, pero con el paso del tiempo lo olvidamos.

 

Este anochecer tendría los mismos colores si nosotros no estuviésemos aquí. Las partículas calientes de la atmósfera ofrecerían la misma gama de colores. Pero nosotros no estaríamos aquí para disfrutarlo. ¿Queremos llegar a ese punto de no retorno? Estoy seguro de que no.

Hace falta, primero, un gran cambio en la conciencia popular, y segundo, que nuestros mal llamados dirigentes nos escuchen, que por fin dejen de pensar en términos económicos y empiecen a hacerlo también en términos ecológicos, pensando no solo a corto plazo, si no con algo más de perspectiva. Es un proceso largo, pero posible. Tenemos los medios, solo falta la voluntad de ponerlos en marcha.

 

Nos jugamos mucho.


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