Los extraños sucesos de la granja Sallinsbury por Luis Val


Un cuentecito de miedo para pasar el rato:

Capítulo 1

Era una noche oscura, apenas alumbrada por una luna menguante. El viento soplaba con fuerza zarandeando los cipreses y dejándose oír como una manada de lobos aullando salvajemente, añadiendo un matiz aún más tétrico si cabe a  aquella noche. Mary J. Nail tenía claro lo que iba a hacer, aunque por más que se intentase auto convencer de que era necesario, no dejaba de pensar si todo era pura autosugestión, si no era más que el deseo de volver a ver a la persona ausente, la negación de la muerte como algo ineludible. Sus padres habían hecho oídos sordos de sus inquietudes, y amenazaron con prohibirle salir de casa si se disponía a llevar a cabo su plan. Aunque prometió no hacerlo, aquella noche había abandonado el hogar paterno a hurtadillas, determinada a hacer lo necesario para recuperar a su hermano Arthur. Estaba convencida de que, aunque enterrado, no estaba muerto. “Muerto pero durmiendo”.

El cementerio de St. Matthew dormía, ignorante de la profanación que Mary estaba a punto de llevar a cabo. Las lápidas enmohecidas observaban el sigilo con el que ella se movía, cargando los utensilios necesarios. Apenas se veía y tropezó un par de veces, pero finalmente encontró la tumba de su hermano.

“Arthur Louise Nail querido hijo, hermano y esposo 1893-1918”

Comenzó a cavar. La tierra estaba dura, las primeras paladas le costaron un gran esfuerzo, pero al cabo de unos instantes, sus músculos se calentaron, y con tesón, siguió cavando.

El aullar del viento parecía traer algo consigo. Un sonido indescriptible, que podía parecer tanto un llanto de bebé como una risa desquiciada proferida por una garganta quizás no del todo humana. Aún así, el sonido era muy lejano y podía achacarse al viento.

En ese momento, tocó algo duro con la pala. Ahí estaba el ataúd. Cogió el pico y golpeó varias veces la tapa. La madera empezó a ceder. Presa del ansia, dejó caer el pico y agarrando con todas sus fuerzas el extremo de la tapa y haciendo palanca con la pierna en la pared de tierra húmeda, tiró de ella. Gritó de rabia, al no poder arrancarla. Volvió a golpear con el pico. Tampoco quería dañar a su hermano, pero el tiempo apremiaba. No quería dejarlo ahí dentro ni un minuto más. Volvió a intentar arrancar la tapa, logrando arrancar un pedazo y cayendo hacia atrás. Sentada sobre su trasero, atisbó el interior de la caja. Al incorporarse, pudo comprobarlo

Capítulo 2

Remontémonos tiempo atrás.

La granja Sallinsbury estaba situada en las afueras del pueblo, en medio de una gran extensión de terreno fértil para el cultivo de grano y de vid. La familia Sallinsbury había sido en tiempos una de las familias más ricas de St. Matthew y el edificio principal era un hermoso edificio más cercano a un pequeño palacio que a una granja. Generación tras generación fueron cayendo en declive debido a extraños casamientos entre hermanos, enfermedades incurables, suicidios y desapariciones, hasta que el último de la saga familiar, William B. Sallinsbury, uno de los personajes más extraños que había conocido aquel pueblo, murió solo de un infarto al corazón y sin nadie que lo echase de menos. Un mes después de la muerte de William, se presentaron el en ayuntamiento unos extraños personajes, ligeramente achaparrados, de tez grisácea y que salivaban en exceso al hablar. Eran el matrimonio Blackoil y tenían en su poder unos documentos que certificaban sin lugar a dudas que la granja William B. Sallinsbury les había dejado en propiedad la granja, para que lograsen el resurgir de esas tierras ahora yermas. Los extraños lazos que unían a ese matrimonio con William siguen siendo desconocidos.

Aunque el pueblo desconfió, la legalidad de los documentos fue verificada por un abogado de Saragossa y pocos días después, los forasteros ocuparon su lugar en la granja.

Poco o nada tuvo que ver su estancia allí con la agricultura o con los viñedos que rodeaban la finca. Nunca se les vió trabajar la tierra, apenas se acercaban al pueblo, su relación con la gente era prácticamente nula.

En ocasiones, se vislumbraban luces en la granja a altas horas de la madrugada, acompañada de extrañas canciones, entonadas con notas aún no conocidas y cantadas en lenguajes indescriptibles.

El año de su llegada coincidió con la desaparición o mutilación de ganado y de animales domésticos que atacaban a los dueños y escapaban para no regresar a casa.

Los recién nacidos, si la madre no abortaba antes, morían a las pocas horas haber nacido, entre convulsiones y vómitos de sangre o asesinados por las madres que, fuera de si, miraban a sus retoños con pánico y gritaban incoherencias mientras los estrangulaban con el propio cordón umbilical o los lanzaban con aprensión contra el suelo después de haberles dado el primer pecho.

El ambiente en el pueblo se enrareció y ya se podían oír las primeras voces que relacionaban los terribles sucesos con la llegada de los forasteros.

Cada vez que estos visitaban el pueblo para aprovisionarse, un malestar general se apoderaba de la gente hasta que se marchaban.

Una noche, John J. McCallister, de profesión carnicero y otros, después de unas cuantas pintas en la taberna, se dispusieron, armados con antorchas, horcas y azadas a llamar a la puerta de la granja Sallinsbury para pedir explicaciones. Arthur L. Nail era el guardia del pueblo y, conociendo sus intenciones, los interceptó. Después de una calurosa discusión, en la que casi se llego al enfrentamiento físico Arthur consiguió convencer a los lugareños de que no visitasen a los forasteros a cambio de prometer que él mismo se acercaría a intentar hablar con ellos. Así lo hizo, y esa noche no regresó a casa.

Al despuntar el alba volvió. Parecía cambiado. No quiso contar a su familia qué había ocurrido en aquella granja. Por más que insistiesen preguntando sobre lo acaecido, él cambiaba de tema o hacía oídos sordos. Lo único que repetía, casi sin cesar, era que no podía explicar nada de lo sucedido ya ni siquiera él mismo podía comprenderlo.

Esa misma tarde enfermó. Tenía fiebre alta, y deliraba, gritando frases que resonaban por toda la casa, aclamándose a deidades no conocidas por el hombre. Alucinaciones sobre extraños seres ciclópeos y mastodónticos, llenos de ojos y tentáculos, que cambiaban de forma y color constantemente traspasando el mar Inter-dimensional para llevárselo a ciudades olvidadas desde hace eones y que no existen en nuestro mundo. En ellas pasaría el resto de la eternidad, muerto pero soñando.

Mary estaba a su lado constantemente, secando su frente, refrescándola con paños húmedos, cambiando sus sábanas y sobre todo, preguntándose ingenuamente si los hechos de la noche anterior eran los culpables de lo que su hermano estaba sufriendo. ¿A qué sello se refería? ¿Qué eran todas esas palabras sin significado aparente para una persona cabal?

– ¡El sello!…Kthuluuuu…me hará morir mientras sueño…muerto pero soñando…¡Ngya’torrreeeey!- aullaba Arthur, mientras apretaba con fuerza la mano de Mary. Sus ojos, Dios mío sus ojos. La locura más absoluta se había adueñado de ellos. Eran un vacío inconmensurable, un abismo del que Mary dudaba que Arthur pudiese salir.

A la mañana siguiente y después de una noche de pesadillas, Arthur murió, entre espasmos, sudores y heces. Su rictus era de puro pánico. El médico certificó su muerte y la achacó a un paro cardíaco, debido a las terribles alucinaciones provocadas por un ataque de esquizofrenia. Como se han dado casos de que estos estados producen catalepsia, se esperó prudentemente para su entierro. Pasadas setenta y dos horas, se le trasladó al cementerio. Iba a ser enterrado junto a la tumba de su esposa, muerta años atrás debido a una bronquitis. Los rumores entre el populacho sobre las causas de su muerte eran constantes, y todos ellos apuntaban a la granja Sallinsbury y sus inquilinos.

En el momento en que el ataúd descendía, Mary se arrodilló a rezar unas plegarias al borde del foso. ¿Era su imaginación o había oído unos golpes sordos dentro del féretro?.

Parad… – dijo con un hilillo de voz – ¡Quietos! – Gritó – ¡He oído algo!.¡Mi hermano está vivo!.

Se sacó el ataúd de nuevo a la superficie, y el cura, junto con Mary y sus padres, acercaron el oído a la tapa.

– ¿Arthur? – llamó el padre – Hijo mío, ¿puedes oírnos?.

El silencio reinaba en el cementerio, y solo los pájaros piaban a lo lejos. Ni un solo sonido surgía del envoltorio de madera

¿Pero es que no lo oís? ¡Abrid el ataúd ahora! – gritó Mary – ¡Por favor, se que está vivo!

Mary arrebató la pala al sepulturero, y golpeó con rabia la tapa del ataúd mientras gritaba el nombre de su hermano, visiblemente conmocionada. Su padre la detuvo y ya sin fuerzas dejó caer la pala al suelo. Mientras volvían a bajar el ataúd al lugar que le correspondía, Mary no emitió grito alguno, pero no cesó de llorar desconsoladamente.

Al llegar a casa, Mary se acostó, agotada. Tuvo extraños sueños, en los que oía a su hermano sufrir y gritar su nombre pidiendo ayuda.

Al día siguiente, y con esfuerzo, pudo levantarse a la hora de comer. Ya a la mesa, intentó convencer a sus padres de que Arthur estaba vivo debido a lo que había oído antes del entierro y de sus sueños tan vividos. Había que exhumar el cadáver. Para sus padres, Mary presentaba un estado alterado, su manera de hablar acelerada y sin coherencia eran unas señas claras de que su estado metal no era del todo adecuado. Hicieron venir al médico. Después de revisarla, le aconsejó relajarse y descansar. Le recetó unas hierbas tranquilizantes, dar paseos por el campo, siempre acompañada, e intentar alejar esos turbios pensamientos sobre su hermano. Antes de que el doctor se marchase, pudo oír como, en la habitación de al lado, este sugería a sus padres que si en unos días su estado no remitía, habría que pensar en ingresarla por un tiempo, para tenerla en observación. El médico no solo temía por lo que Mary pudiese hacer en el cementerio, si no por lo que se pudiese hacer a ella misma.

Aquella noche, al estar todos acostados, Mary salió a hurtadillas de casa dispuesta a desvelar a todo el mundo que ella tenía razón.

En el cruce de la calle St.Genis con One-church oyó una ligera algarabía. Se escondió tras un carromato. Sus ruedas olían a estiércol y tierra húmeda. Explicar a alguien que hacía a esas horas de la madrugada cargando con un pico y una pala no estaba entre sus planes. Oyó voces, provenientes de Jhon J.McCallister acompañado de otros dos hombres.

– Es hora de acabar con esto de una vez… – Bramaba Jhon, evidentemente ebrio, provisto de una antorcha y un astral – No podemos permitir que esa escoria siga viviendo en nuestro pueblo. ¡Mi mujer tiene miedo de su propia sombra!.-.

– ¡Todo lo que ha ocurrido estos últimos meses es culpa suya, ahora lo vemos claro!- Replicó un segundo. – Mi ganado ha sido masacrado para sus extraños rituales… No tenemos pruebas, ¡pero estoy seguro!-.

– ¡Muerte a los hijos de Satanás! – dijo el tercero, alzando una horca al aire.

Una sangrienta venganza planeaba sobre Sallinsbury.

Capítulo 3

Ahí estaba Mary.

Cubierta de tierra húmeda, con los ojos al borde del llanto y la cabeza llena de extrañas ideas. Al conseguir arrancar parte de la madera de la tapa que cubría el ataúd cayó hacia atrás y mientras lo hacía, atisbó algo negro y en movimiento dentro del ataúd dentro del ataúd. ¿Eso era su hermano?. Al incorporarse, grito con horror al ver el contenido de la caja.

Un ser deforme, de color oscuro aunque no definible y lleno de llagas supurando un pus amarillento, sin mantener una forma definida, se convulsionaba violentamente en su interior. Tan pronto aparentaba forma humanoide, como le crecía un hocico sembrado de hileras de puntiagudos dientes desapareciendo al instante para dejar un agujero rojo y carnoso, o sus ojos se licuaban para formar otros que nada tenían que ver con algo humano. Su carne transmutaba y fluía a borbotones para formar algo nuevo a cada momento.

El engendro empezó a forzar el resto de la tapa para salir del ataúd. Su carne se deshacía debido a la fuerza ejercida contra la madera, rehaciéndose al momento, más consistente y logrando destruir su prisión de madera. En cuestión de segundos, logró salir del ataúd. Mary, al borde de la locura, intentó huir del foso, pero resbaló y cayó de nuevo. El extraño ser la agarró de los cabellos con inusitada fuerza, y la lanzó al lugar que antes había ocupado el, quedando ligeramente aturdida. Mary sabía que iba a morir y rompió a llorar. Un relámpago iluminó la tétrica escena. Mary estaba tumbada dentro del ataúd, paralizada por el terror. Él se puso de cuclillas sobre ella. Sus rostros (si es que lo que contenía ese monstruo podría considerarse rostro) quedaron a escasos centímetros, y una mixtura de baba y pus caía sobre Mary. Se oyó un poderoso trueno y comenzó a llover. La lluvia caía copiosamente y confirió un aspecto aún más desagradable al engendro. Su cabeza comenzó a convulsionarse, estallando y dando lugar a algo similar a una estrella de mar putrefacta rodeada  de tentáculos que acabó implosionando sobre sí misma, para cambiar de nuevo a algo parecido a un cráneo humano. Mary volvió a oír esa mezcla entre risa inhumana y llanto de bebé que había oído al empezar a cavar, pero esta vez más claramente.

No concebía como esa abominación podía estar en la tumba de su hermano. Ráfagas de pensamientos pasaban por su cabeza tan fugaces, que no podía procesarlos ni reaccionar, debido al pánico más absoluto. Este ser era el que había hecho los ruidos que ella y nadie más que ella había oído en el sepelio.

Si esa suerte de animal estaba ahí, su hermano podría estar en otro lugar, seguramente vivo… vivo!. Eso le dio fuerzas para golpear la masa informe que en esos momentos no se asemejaba a nada conocido por un ser humano. Al golpear, sus manos se hundieron en su cuerpo. Agarró fuerte con una de ellas y tiró arrancando jirones de carne hedionda , mientras que con la otra arañaba algo similar a una cara. El monstruo retrocedió incorporándose. En el óvalo cambiante que era su cabeza se formó una abertura horizontal, que podía recordar vagamente a una boca.

–          Mma…mm…Ma…ryy… du…e…leee… – gimió.

Aunque de manera distorsionada, esos ruidos guturales recordaban claramente a la voz de Arthur. ¿Cómo era posible?. ¿Qué clase de Dios permitía eso?. Un relámpago iluminó durante un eterno instante el foso, en el momento en el que el monstruo alzaba los brazos hacía el cielo y de él brotaban cientos de elementos puntiagudos, hileras de enormes dientes que giraban sobre si mismos, chorreando la sangre y el pus que habían hecho manar al surgir de la carne. Cuando sonó el trueno, cayeron sobre Mary.

Capítulo 4

EL HERALDO DE LA COMARCA. El incendio de la granja Sallinsbury sigue estabilizado y podría controlarse a lo largo del día: La madrugada del martes se inició un fuego en la granja Sallinsbury que después de quemar 4000 hectáreas podría ser apagado hoy(…) no se avisó del inicio del incendio hasta que fue demasiado tarde, habiéndose propagado las llamas más allá de lo controlable. (…) el incendio se ha cobrado tres supuestas víctimas: J.J McC., J:B.H y E.B. Los cuerpos encontrados en las cenizas de la granja se supone que son las personas citadas, ya que llevan desaparecidas desde la madrugada del martes, fecha del inicio del incendio. (…) Se desconocen los motivos por los que se han encontrado partes de los cuerpos esparcidos (…) se achaca a los animales salvajes locales (…) La familia Blackoil se encuentra en paradero desconocido.

EL DIARIO DE SARAGOSSA. Sigue sin esclarecerse el caso Sallinsbury: Lo que ya se ha dado por llamar el caso Sallinsbury no hace más que aumentar el misterio con cada nueva información que aparece una vez sofocado el fuego (…) Dentro de la granja se encontró un foso de dimensiones considerables (…) Los Blackoil siguen sin aparecer (…) Por otra parte, y la misma noche en la que se inició el fuego M.J.L. desapareció de su casa para no volver a ser vista (…) El cementerio de St. Matthew fue víctima de actos vandálicos, encontrándose la tumba A.L.N. profanada y restos de sangre en los alrededores (…) La familia N. no ha querido hacer declaraciones.

FIN

Y ahora como extra…

Capítulo 3 (alternate version).

Ahí estaba. Cubierta de tierra húmeda, con los ojos al borde del llanto y la cabeza llena de extrañas ideas. Al conseguir arrancar parte de la madera de la tapa que cubría el ataúd cayó hacia atrás y mientras lo hacía, atisbó algo negro y en movimiento dentro del ataúd dentro del ataúd. ¿Eso era su hermano?. Al incorporarse, grito con horror al ver el contenido de la caja. Docenas de ratas empezaron a manar, literalmente, del agujero creado y a huir hacia el aire fresco. No eran ratas comunes. Eran ratas en descomposición, algunas de ellas sin cabeza y salpicando sangre, otras solo con medio cuerpo, arrastrándose sobre las patas delanteras, otras sin piel, vomitando un líquido blanco, otras con extraños apéndices surgiendo de sus barrigas, como gusanos saliendo de su crisálida… Mary intentó salir despavorida del hoyo, pero resbaló y cayó entre las ratas. Algunas mordisqueaban abriéndose paso a través de la ropa e intentado entrar en sitios más cómodos.

Una de ellas trepó por su pecho y a escasos centímetros de su cara se detuvo, mirándola con unos ojos inyectados en sangre y dotados de inteligencia inusual. Mary se sintió cada vez más y más pequeña, como si la rata estuviese alcanzando un tamaño que no le correspondía. Le pareció oír como la rata le decía algo sobre su hermano y al borde de la locura la apartó de un manotazo, comprobando que sus dimensiones habían sido una ilusión óptica. Presa del terror más absoluto, logró salir de la fosa. Echó a correr a través del cementerio pidiendo ayuda y miró atrás. Las ratas no la seguían, pero bullían en el foso, subiendo y bajando, gritando como si fuesen humanas, atacándose entre si, despedazándose, cambiando a formas terroríficas…


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