I want to ride my bycycle I want to ride my bikeee!


 Siempre he tenido una relación  especial con ese cuadro, ahora de aluminio, con ruedas pedales y frenos. Mi primera bicicleta, con 4 ó 5 años, fue una BH roja. Aprendí a pedalear acompañado de las dos ruedas de apoyo, y, posteriormente, con la ayuda y paciencia de mi abuelo, que mantenía mi estabilidad sujetando el sillín por detrás

mientra yo intentaba ir recto poco más de unos metros. Esperaba con ansia el
fin de semana para poder ir al pueblo y cogerla. Con esa bicicleta me di un castañazo
que me hizo sangrar las dos rodillas y la nariz, e incluso creo que me rompí
una pala.

La siguiente ya llegó en mi comunión.
El regalo estrella de esa celebración cristiana vino en el momento en el que la
otra ya se me quedaba pequeña. Una BMX con cuadro blanco, con unas ruedas para
circular por caminos que precedieron a las de montaña, unos pedales rojos. Todo
lo que un niño de 8 años podría desear. Con aquella nueva bicicleta
todoterreno, las aventuras que se presentaban ante mi eran inabarcables.

Las calles de San Mateo eran un circuito de carreras sin ley. Entre todos los chicos de las distintas calles, pedaleábamos como si la vida nos fuese en ello, como si tuviésemos alguna meta en concreto. Cuando las montábamos, comenzábamos a sentir lo que toda persona siente cuando pedalea, aunque por aquél entonces no lo valorábamos en su justa medida. Libertad.

San Mateo se nos quedaba pequeño, así que nos aventurábamos por los caminos que llevaban fuera del pueblo y en compañía de nuestras bicicletas rondábamos de arriba abajo, asustando ancianitas de vez en cuando. Atravesábamos campos y bajábamos al río a hacer cucharillas. Íbamos a “Los Frailes”, parando a mitad del camino para tumbarnos debajo de aquel gran árbol o mirar la hora en el reloj de sol. Perseguíamos
chicas. Asaltábamos pajares. Orinábamos en el embalse. Buscábamos rampas
naturales para poder saltar y por unos instantes, volar. Pasábamos las tardes
en lo que llamábamos “la pista de cross”, una pista artificial con grandes
subidas y bajadas, de gran pendiente, por las que lanzarse con la bicicleta
cual kamikazes…

Años después vino la primera bici de montaña. No era mía, era de mi primo Iñaki, como estaba en el granero de mis abuelos en San Mateo y mi primo solo visitaba el pueblo para verano y navidad, fui yo la persona que más la usó. Con esa bicicleta la relación ya no fue tan profunda. Yo ya era un pre-adolescente y pensaba en otras cosas más que en la bicicleta. Simplemente era un medio de locomoción.

Muchos años después, me fui a vivir con Ernesto. En casa de mis padres apenas cabemos nosotros, como para tener una bici, así que prácticamente la primera cosa que hice al dejar el hogar paterno-zaragozano fue comprarme una bicicleta. ¡Otra vez una BH!. Volví a recuperar aquellas sensaciones de fuga, de libertad, de romper con todo, como si el mero hecho de salir un rato con la bicicleta supusiese algún tipo de huída hacia adelante. Los comienzos fueron duros físicamente hablando. Apenas podía subir el primer tramo del tercer cinturón, la cuesta que hay desde el barrio de Casablanca hasta el cementerio. Me costaba sudores y dolor, lo hacía, pero tenía que volverme  hacia casa al acabar la “hazaña”. Paseaba por la ciudad y por sus incipientes carriles bici, acercándome en ocasiones al parque grande e incluso yendo a la Fuente de la Junquera.

Poco a poco fui cogiendo una mínima forma. Lograba hacer el tercer cinturón entero y otras veces me iba por el canal Imperial.

En la siguiente fase, envalentonándome poco a poco ya me iba a los Galachos de Juslibol, los atravesaba y acababa en Monzalbarba, pasando cerca del cuartel donde presté el servicio militar. Dejaba Cuarte a un lado y me iba hasta las Planas… tengo que reconocer que NO las he cruzado de lado a lado. Cuando llego arriba del todo, vuelvo por donde he venido, con la lengua fuera. ¡No se a donde voy a ir a parar si llego al otro lado! Y después de subir hasta la cima lo que menos te sobran son fuerzas para pedalear a la aventura.

Algunas de estas experiencias ya las viví con una nueva bicicleta, BH por supuesto (no, no voy a comisión ni me hacen descuentos) pero ya más robusta y fiable.

Y con ella estoy. La quiero mucho ya que siempre está ahí cuando la necesito. Aunque pasen los meses de invierno y no la toque, siempre que llega el calorcito está dispuesta a llevarme donde yo quiera, a vivir juntos momentos de paz, perdiéndonos de camino a la Alfranca , encontrándonos con flautistas misteriosos en medio del bosque y pedaleando al lado del Ebro.

Oinnsss mi bici!!


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